sábado, 14 de junio de 2008

Las pequeñas de papá




A un padre maravilloso, en su día.

Difícilmente recuerdo la canción infantil del vestidito azul que él me cantaba después del baño. El vestidito azul era mi preferido. Lo era porque él me lo decía y yo, pequeña, le creía todo lo que él me decía. El vestidito azul, lo recuerdo a cada detalle: sus tablones, sus tirantes, sus botones, sus pequeñas flores. Él también le solía cantar a ella la misma canción. Su vestido era igual al mío, a diferencia del tamaño (más pequeño) y del color (amarillo), por eso, la versión de su canción había sido un tanto, modificada. No sé si era el preferido de ella, pero bastaba cantarnos para que nosotras quisiéramos usar dichos vestiditos. Lo cierto es que a él le gustaba vernos vestidas así.

¿Y tú quien eres, eh? Me preguntaba todo el tiempo porque le gustaba la respuesta que siempre le contestaba: “Soy la chingada chiquitita”. Yo le contestaba como si no entendiera aquel insulto que la frase encerraba. Seguro la ingeniosa e inconveniente respuesta él me la enseño, por eso reía orgulloso cada que yo la repetía.

Él todo lo sabía, por eso era capaz de contarme mis aventuras del jardín de niños como si hubiera estado ahí viéndolas: Siempre sabía cuando me quitaba los zapatos y corría descalza por el área de juegos, cuando comía galletas de más o cuando dormía dentro del salón de clase (¡Diablos, mi futuro desesperanzador y desastroso podía verse desde ahí!). ¿Y cómo lo sabes, papi?, le preguntaba inocentemente. ¡Ah, me lo contó un pajarito!, esa era siempre su respuesta. Yo imaginaba un pajarito que sobrevolaba con las alas abiertas el jardín y observaba todo lo que yo hacía y que luego, volaba a él para contarle todo. ¡Maldito pajarraco bocón!, lo bueno que en mis años de mayores travesuras supo mantenerse callado...

Él jugaba con todos nosotros como un niño más. Se entretenía tanto jugando “busca-busca” (escondidillas) como nosotros. La casa era grande, por eso la diversión duraba horas. Nuestro escondite preferido era la repisa más alta del clóset del cuarto de atrás, todos siempre queríamos meternos ahí, por eso nos pillaban rápido. Él siempre tenía maneras más ingeniosas de desaparecer, por eso, terminábamos todos siendo buscadores y nos pasábamos largos ratos tratando de hallarlo en nuestros escondites conocidos. Una tarde, estuvimos a punto de llamar a mamá para pedirle disculpas y avisarle que habíamos perdido, sin querer, a papá. No lográbamos hallarlo por ningún lado. De repente, nos quedamos con los ojos saltones y la boca abierta: grata fue nuestra sorpresa cuando, debajo de aquellas prendas que estaban en el piso y que para nosotros habían pasado tan desapercibidas, él apareció. ¡Qué tramposo!, le gritamos los cuatro y fuimos corriendo tras de él. ¡Con cuánta alegría recuerdo esa tarde de juegos!

A ese señor siempre le gusto mucho divertirnos de chicos, por eso nos hacía “hot-cakes” de animalitos, nos cortaba la sandía de formas extrañas o hacía caritas felices sobre el huevo estrellado. Hasta la fecha le gusta divertirnos, por eso nos cuenta chistes y cosas graciosas.

Creo que debió ser profesor de profesión. Me ayudo a leer la tarea del kínder hasta que pude leerla yo sola: “El pato nada en el lago”, me repetía lenta y reiteradamente a la vez que me recordaba las vocales y las consonantes de la frase una por una. La imagen de al lado de la frase sugería exactamente eso: un pato feliz nadando en un lago. ¿Qué tanto nada?, me preguntaba con ganas de ahogarlo para que ya no hubiera frase que repetir y papá me dejara ir a jugar con los demás.

Me explicó los números romanos unas cien veces en la primaria y me sentó a hacer mi tarea, a pesar de que yo pensaba que no eran necesarios y que para leer la hora, podía usar reloj digital.

En la secundaria, supe en clase de física que existían las leyes de la atracción, la velocidad y la aceleración, pensé ilusa, que podrían servir para conquistar, de manera pronta, al chico nuevo que se sentaba a tres sillas de mí, pero sin duda alguna papá se encargo, no sólo de de sacarme de ese tremendo error, si no que además de explicarme que la única química a la que debía poner atención era la que impartía la maestra dentro del salón de clase.

Sin duda alguna, descifro para mí los misterios incomprensibles del algebra preparatoriana y me invito a estudiar, digámoslo así, de una manera sensata y motivante: ¿Ves este libro?, me dijo señalando un libro grueso de algebra al que los maestros solían llamar “Baldor” , siéntate a estudiar que si truenas te mando a escuela de gobierno. No necesitaba más, por eso regrese a casa con un cien en ese examen.

Nunca ha dejado de sorprenderme su enorme paciencia y vaya que entre mis hermanos y yo lo pusimos no una, sino mil veces a prueba, pero él no la perdía fácil, nunca lo hizo.

Gracias a él aprendí a conducir, por eso, su pobre carrito tiene un golpe en la parte trasera, golpe que yo prometí arreglar y hasta la fecha no lo he hecho. Siempre ha sido muy condescendiente con sus hijos, por eso, aquel día ni siquiera me regañó a sabiendas que fue mi culpa y más bien, se limito a preguntarme como había ocurrido aquel accidente.

Jamás olvidare cuando le dije de mi primer novio. “Tiene que venir a hablar conmigo y pedirme permiso”, me dijo. Yo no logre convencerlo por nada del mundo de que cambiara de opinión, ninguno de mis argumentos fueron validos: “papá, esas son cosas de viejos”, ¿Para qué va a venir a hablar?, ¡Prefiero no tener novio, entonces! Por eso, sólo conoció a dos de de ellos: al primero y al último, con el que me casé. Bueno, me tenía que ahorrar, a como diera lugar, la letanía tan bochornosa. Se lo tomaba muy en serio: ¡Qué horror, papá!

Le encantan los niños, nunca lo ha ocultado. Ciertamente, con la mitad de sus hijos casados, aunque no nos lo diga directamente, sé que le ilusiona ser abuelo, por eso me mira con ojos de borrego a medio morir y lanza sus insinuaciones: “Soy el único de mis hermanos que no tiene nietos”. “Ay no papi, ahí hay dos de tus hijos que todavía pueden meter la pata” le digo señalando a mis dos hermanos solteros, “o dile al mayor, a mí no me mires”, le respondo alborotada. ¡Si papi, lo acepto!, es mi venganza dulce, pero cruel por aquellas platicas bochornosas a las que nos sometiste a mi hermanita y a mí, para dejarnos tener novio.

Si, él se da cuenta que ya hemos crecido. Pero en cierto modo, sé que mi hermanita y yo seguimos siendo sus pequeñas, aunque ahora usemos vestidos de mujeres y no de niñas. Por eso ahora en vez de cantarnos, nos platica. Por eso ahora en vez de cuentos, nos da consejos. Pero, seguimos siendo sus pequeñas, por eso todavía nos toma de la mano cuando caminamos juntos o cuando cruzamos la calle, nos toma de la mano como cuando niñas, como si en verdad lo fuéramos. No me molesta, por eso no lo suelto. No sé si a ella le moleste, pero tampoco lo suelta. Supongo que no. A él le gusta sentir que somos sus pequeñas y a mí, sin duda alguna, todavía me gusta sentir que sigo siendo la pequeña de papá.




JKO

lunes, 2 de junio de 2008

MI TIERRA, SU COMIDA Y SU CALOR



Mi país natal, bizarra sensación volver a él después de estar más de un año fuera. Un tiempo que, hay que mencionar, se me hizo eterno.

En el vuelo de ida me propuse firmemente, en primera instancia y a como diera lugar, hacer llegar a mi poder (y a mi boca) unos sabrosos tacos. Pero no cualquier tipo de tacos, tenían que ser al pastor, de esos que tanto me gustan. Así me lo propuse y así fue. Mis hermanos no tuvieron objeción en consentir a la recién llegada. Ni la hora (casi media noche), ni el lugar (Cancún) y, cabe mencionar, ni el precio, fueron propicios para el amor (amor que puede llegar a nacer entre mi persona y un buen plato de comida). Tampoco el sabor. No, no estuvieron tan buenos como mi mente retorcida lo imaginó todo el camino, aún así, a mí me supieron a gloria. Al punto, que me permití la grosería de chuparme los dedos a media cena.

¿Y cómo no habrían de saberme a gloria, si después de la exhaustiva búsqueda durante la misión secreta “Buscando tacos decentes en los Yunaites”, no sólo me tope con los peores malhechores, tacos desabridos, imitaciones “chafas” nada baratas, sino que además, como símbolo de desesperación y falta de cordura y sensatez, me permití coronar con laureles y ramo de rosas en el primer lugar del pódium, a la franquicia “Taco bell” y lo hice merecedor del premio “El mejor taco”?

¡Ah! ¡La madre! ¡Qué calor!, exclamo en mi primer día de vuelta a mi hermosa ciudad Yucateca, la "Blanca Mérida", exactamente a las dos de la tarde, mientras me derrito y siento que me cuezo por dentro, sin alivio alguno, a pesar de la botella de litro de agua bien fría que llevo junto a mí. Por momentos el calor me hace desvariar y en mi delirio, me pregunto si habré muerto. Me imagino con un trajecito rojo, no con el de caperucita roja que alguna vez mi mamá me hizo de pequeña, sino más bien con uno bien pegadito que me hace ver sexy junto con mi trinchante, mis cuernitos y mi larga cola. Pero luego, es tanto el calor, que mi cuerpo con todo y mi traje lindo empiezan a arder en llamas hasta el punto de achicharrarse. Mis pecados no logran ser perdonados aún, cuando el sonido de un claxon me saca del transe. Ah sí, estoy en mi hermosa ciudad “panuchera”, me doy cuenta, no en el infierno. ¡Maldito calor de abril! Si acaso existiera el infierno, segura estoy que tendría una temperatura promedio a la de Yucatán. Por eso, me doy el lujo de portarme mal, total que ya estoy acostumbrada a las temperaturas infernales.

Definitivamente no extrañé el calor en lo más mínimo. Pero cuánto extrañé el sabor de un sabroso platillo yucateco. Panuchos coloridos y bien servidos y salbutes de carne molida del mercado de Santiago del puesto de Don Marquitos; esos vaporcitos de Montejo hechos por Oscar y su familia bañados en salsa de tomate recién preparada; exquisitos tacos de relleno blanco cortesía de Doña Elda, la abuelita de poncho; huevos motuleños remojados en salsa de tomate y frijol, salpicados de jamón, queso y chícharos, del restaurante de Don Manuel, en Motul; ese tamal colado y esos panuchos del pueblo de paso, donde paramos a cenar (por cierto, los más baratos que me encontré); ese pip de Oxcutzcab, hecho a la leña y fuera de temporada, que Miguel y su esposa Ana María, tan amablemente, mandaron a hacer especialmente para mí (¡Gracias chicos!), sopa de lima humeante y queso relleno de carne molida preparado a la perfección, sabrá Dios por qué ángeles, que se sirvió en la fiesta de clausura de la Cámara de Comercio; brazo de reina con pepita y hoja de chaya, longaniza con cebolla roja, naranja agria y unas tortillas recién salidas del molino, polcanes, tacos de relleno negro, tortas de carne asada, empanizado y cochinita pibil. Bueno, ¡Tendrían que haber estado ahí conmigo, para que supieran de lo que les hablo! ¡Ah, manjar de Dioses! Si acaso existiera el cielo, segura estoy que tendrían comida como la de Yucatán. Por eso, trato de portarme bien, a pesar del calor.

¡ABRE LA LATA Y DEJANOS BAJAR!, grita mi hermanita con un dejo de histeria, en la parte trasera del “volcho” de mi hermano. Fue una manera sutil, pero vil de castigar al gemelo por no tener aire acondicionado en su carro y habernos obligado a subir en él con esas temperaturas. “¡La lala laaaata, la lala laaata!” canto yo a manera de burla después de su exclamación. Ella y yo nos soltamos a carcajadas, sobre todo después de ver la cara de indignación que nos puso el gemelo por haber insultado a su carrito así. ¡Bonita época en la que elegí para ir: en la del calor más intenso! Claro que la bebida de chaya con limón, ese día de tanto calor, nos supo más sabrosa.

Una parte de México se vino conmigo a mi regreso. No en mi alma, sino en mis maletas, de contrabando. Salsas picantes, botana y dulces enchilados, cacahuates enchilados y los nipón (¡No, no hay aquí!), panecitos y galletas Bimbo y Marinela, quesos, tostadas, dulces típicos mexicanos, concentrados para preparar horchata, jamaica y tamarindo, bebidas embriagantes (Bienvenidos a mi casa Licor de Nance y X’tabentun)…y claro, tortillas congeladas para preparar panuchitos (el mayor de mis orgullos que sobrevivió a la aduana y a la “migra” americana). Un pedazo de rosca “Brioch” también se coló en mi bolsa de mano sin problemas.

¡Viva el aire acondicionado y la comida chatarra que traje de Mérida! Ojalá nunca se acabara, pienso alegre e ilusamente, mientras a bocanadas de jugo de tamarindo trato de quitarme la quemazón de la boca por comer tanta botana enchilada. Con cada palanqueta me como a México, con cada charrito a Yucatán. ¡Qué recuerdos tan gratos vienen a mí, mientras embuto mi boca de cosas sabrosas! Mi panza está un poquito más prominente de lo normal y me arde levemente, pero no me importa. La época de las vacas flacas, de la rana (Ranitidina) y de la añoranza llegarán. Mientras tanto, no me queda otra opción dada mi felicidad del momento que gritar: ¡Viva mi tierra y su comida sabrosa, manjar de Dioses, pecadores y gordos!

JKO

domingo, 25 de mayo de 2008

"Piaf" un petit grand oiseau (Piaf, una pequeña gran pajarita)


Una pequeña pajarilla con canto sublime hace música que deleita mis oídos. Es una gorrioncita. Canta excepcional. Su cántico a la vida, al amor, a los tiempos difíciles es magnífico, esplendido.

Padam...padam...padam... (padam…padam…padam…)
Des "je t'aime" de quatorze-juillet (Los “Yo te amo” del catorce de Julio)Padam...padam...padam... (padam…padam…padam…)
Des "toujours" qu'on achète au rabais (Los “Siempre” que compramos en descuento)Padam...padam...padam... (padam…padam…padam…)
Des "veux-tu" en voilà par paquets (Los « Quieres » eh aquí, por paquetes) Et tout ça pour tomber juste au coin d'la rue (Y todo eso para tirarlo justo en a la vuelta de la esquina)
Sur l'air qui m'a reconnue ( al viento que me ha reconocido)

Canta en las calles, ojerosa, de cara triste y desnutrida. Demasiado menuda que sorprende no sólo verla de pie, si no también verla cantar así. Se llama Edith Giovanna, de apellido Gassion. Su voz no se parece en nada a ella: fuerte, segura, hermosa. Se ha quedado grabada en mi mente, por eso tarareo y repito sus canciones sin darme cuenta. Es algo más que obvio que no canto igual que ella, pero que más da. El recuerdo de su voz es la que viene a mí. Una voz que emociona mi alma, la hace bailar, la estruja, la hace suya, en ocasiones, la parte en dos. Sobre todo, después de conocer un poco de su vida y entender el por qué de sus canciones, a través de la película “La vida en rosa” (“La Môme Piaf").

Je vous connais, Milord (Yo lo conozco, Señor)
Vous ne m'avez jamais vue (Usted no me había visto jamás)
Je ne suis qu'une fille du port (Yo no soy más que una chica de puerto)
Une ombre de la rue... (Una sombra de la calle)
Allez venez! Milord (¡Vamos, venga, senor!)
Vous avez l'air d'un môme (Tiene usted el aire de un jovencito)
Laissez-vous faire, Milord (Ceda, señor)
Venez dans mon royaume (Venga dentro de mi reino)
Je soigne les remords (Yo curo los remordimientos)
Je chante la romance (Yo canto el romance)
Je chante les milords (Yo canto a los señores)
Qui n'ont pas eu de chance (que non han tenido buena suerte)
Regardez-moi, Milord (Míreme, señor)
Vous ne m'avez jamais vue... (Usted nunca me había visto…)

De las inmundas calles parisinas y los miserables cabarets que la vieron nacer, a la glamur de la “Comédie-Française” y del teatro Olympia de París que la vieron dejar no sólo su alma, sino también, su vida en el escenario.

Icono francés por antonomasia. Es descubierta, mientras cantaba en las calles, por el gerente de un cabaret en los Campos Elíseos y es así, como logra sobresalir de entre tantos artistas callejeros. A pesar, de tener el espíritu de un “caballo salvaje”, educa su voz, sus manos y su cuerpo que le permiten ser, no sólo una admirable cantante, sino también una de las mejores intérpretes de todos los tiempos.

En su canto puede escucharse su lamento y su felicidad, su pobreza y su riqueza, sus fracasos y sus triunfos, sus desamores y sus grandes amores. En la letra de sus canciones puede leerse sus pasiones y su vida. Sí, digo sus canciones porque fueron compuestas especialmente para ella.

Et toujours, toujours, quand je chante, (Y siempre, siempre, cuando yo canto)
Cet oiseau-là chante avec moi. (Ese pájaro de ahí canta conmigo)
Toujours, toujours, encore vivante, (Siempre, siempre, todavía vivo)
Sa pauvre voix tremble pour moi. (Su pobre voz tiembla por mí)
Si je disais tout ce qu'il chante, (Si yo dijera todo lo que él canta,)
Tout c'que j'ai vu et tout c'que j'sais, (Todo lo que yo he visto y todo lo que sé)
J'en dirais trop et pas assez (Yo diría de eso mucho y no lo suficiente)
Et tout ça, je veux l'oublier. (Y todo eso, yo lo quiero olvidar.)

Ella no es bonita, pero nada importa con esa voz y esa personalidad tan magníficas que la hacen distinguirse. Más de uno fueron los que la adoraron. Varios, sus romances conocidos, a saber: con Marlon Brando, Yves Montand, Charles Aznavour, Théo Sarapo, Georges Moustaki, entre otros. Pero ninguno como el de Marcel Cerdan, su adorado Marcel que la hizo ver la vida de color rosa.

Des yeux qui font baiser les miens, (Unos ojos que me hicieron bajar los míos)
Un rire qui se perd sur sa bouche, (Una risa que se pierde sobre su boca)
Voila le portrait sans retouche (Eh aquí el retrato sin retoque)
De l'homme auquel j'appartiens (Del hombre al cual yo pertenezco)
Quand il me prend dans ses bras (Cuando él me toma entre sus brazos)
Il me parle tout bas, (El me habla todo en voz baja)
Je vois la vie en rose. (Yo veo la vida en rosa)
Il me dit des mots d'amour, (Él me dice palabras de amor)
Des mots de tous les jours, (Palabras de todos los días,)
Et ca me fait quelque chose (Y eso me hace sentir algo)

La “niña Gorrión” ("la Môme Piaf") es su nombre artístico. Pequeña de estatura y frágil de cuerpo, pero de un alma grande y un carácter poderoso que la hicieron llegar lejos, a pesar de las adversidades y de los malos momentos que la atormentaron. La vida parecía enojada con ella y en sus desvaríos, no cansada de darle una niñez miserable y de haberle quitado a su pequeña hija Marcelle de dos años y a su manager descubridor, le arranca de sus brazos al amor más grande que ella hubiera tenido: Marcel.

Mon Dieu ! Mon Dieu ! Mon Dieu ! (¡Mi Dios! ¡Mi Dios! ¡Mi Dios!)
Laissez-le-moi (Déjamelo)
Encore un peu, (Todavía un poco)
Mon amoureux (a mi enamorado)
Mon Dieu ! Mon Dieu ! Mon Dieu ! (¡Mi Dios! ¡Mi Dios! ¡Mi Dios!)
Même si j'ai tort, (Igual si he sido yo la que se ha equivocado)
Laissez-le-moi (Déjamelo)Un peu... ( un poco…)

Marcel ha partido. ¡Vamos, no llores, Edith! Mejor canta, gorrión, canta como sólo tú lo haces. Tú lo has dicho bien: “Dieu réunit ceux qui s'aiment” (Dios reúne a aquellos que se aman). Ya no lo esperes a él. No ahora. Él ya no llegará en este vuelo a tu rencuentro. Otro será el vuelo que los reunirá. Espera un poco o mucho. En otro momento, en otra vida, la hora de amarse vendrá. Ahora recuerda a Marcel y cántanos ese himno al amor que le cantas a él.

Tant qu'l'amour inondera mes matins (Tanto que el amor inundara mis mañanas)
Tant que mon corps frémira sous tes mains (tanto que mi cuerpo se estremecerá bajo tus manos)
Peu m'importe les problèmes (poco me importan los problemas)
Mon amour puisque tu m'aimes (Mi amor puesto que tú me amas)
Si un jour la vie t'arrache a moi (Si un día la vida te arranca de mi)
Si tu meurs que tu sois loin de moi (Si tu mueres, que tu estés lejos de mi)
Peu m'importe si tu m'aimes (Poco me importa si tú me amas) Car moi je mourrais aussi (Porque yo moriré también)
Nous aurons pour nous l'éternité (Nosotros tendremos para nosotros la eternidad)
Dans le bleu de toute l'immensité ( Bajo el azul de toda la inmensidad)
Dans le ciel plus de problèmes (Dentro del cielo mas problemas)Mon amour crois-tu qu'on s'aime (Mi amor ¿Tú crees que nos amemos?)
Dieu réunit ceux qui s'aiment (Dios reúne a aquellos que se aman)

Cansada de la vida borrascosa que te tocó, enferma, quebradiza, adicta, aún así te niegas a dejar el escenario. Un poco de morfina te servirá. Te está matando lo sabes bien, pero más te mata el no cantar ¿No es así Edith? Haz de morir cantando, esa es tu vida, lo sabemos. Lo que importa es que no te arrepientes de nada. ¡Haces bien! No lamentes nada, Edith Piaf: ¿Qué sería de nosotros sin tu legado, sin tu música, sin tu voz? ¡Vamos, cántanos una vez más! ¡Transpórtanos otra vez a la vieja Francia! Déjanos escuchar tu sublime voz diciéndonos “Non! Rien de rien” (¡No! Nada de nada), esa voz tuya altiva, orgullosa, altanera, como la de quien segura está que no tiene nada que lamentarse del pasado, como la de quien se encuentra en paz con la vida, aunque ésta no siempre le haya sonreído como lo hubiera esperado.

Non, rien de rien, non je ne regrette rien, (¡No! Nada de nada, Yo no me arrepiento de nada)
Ni le bien qu’on ma fait, ni le mal, tout a m’est bien egal. (Ni el bien que se me ha hecho, ni el mal, todo me da igual)
Non, rien de rien, non je ne regrette rien. (No, nada de nada, yo no me arrepiento de nada)
C’est payé? Balayé? Oublié je me fous de passé? (Esta pagado, barrido, olvidado, a mí me vale el pasado)

TRAILER DE LA PELICULA : La Môme Piaf

sábado, 15 de marzo de 2008

LA MALA SUERTE

“Para ella no existían los días a los que la gente solía llamarles días infelices…”. Si, así empezaba ese escrito que saqué del libro de lecturas de mi tercer año de primaria, donde un pequeño hablaba de su madre y la alegría que la embargaba, aparentemente infinita e inacabable, no importaba que pasara. No recuerdo su titulo, pero recuerdo la imagen en tonos sepia de una mujer sentada a la que, a pesar de la oscuridad de la foto, lograba vislumbrarse su rostro hermoso y sobre todo, su paz interior.

Yo desde muy pequeña ya sentía esa pasión por el mundo de la literatura y la lectura, y esa obsesión escalofriante de acumular y guardar, como ratón, todo aquello que llamaba mi atención. Por eso muchas veces, arranqué de mis libros las lecturas que me gustaron y las guarde durante muchos años. No recuerdo que se hizo de ella y de otras tantas, pero me atrevería a decir que siguen guardadas en algún lado de la casa donde crecí.

Sí, para ella no existían los días infelices. Tengo esa primera frase grabada profundamente en la memoria. Recuerdo haber leído esa historia mil veces, cada que algún nuevo cachivache merecía ser guardado o con cada termino de un curso escolar, cuando mamá nos obligaba a deshacernos de lo que ya no nos servía, que en mi caso, resultaba siempre ser poco, por esa manía mía de pensar que quizá más adelante, lo que guardaba me serviría para algo, aunque confieso ahora que nunca fue así.

Me gustaba mucho, no sé si por la manera en como el niño se expresaba de su madre o quizás, tal vez porque desde pequeña, aunque de manera subconsciente, ya presagiaba los desastres venideros que provocarían juntas, mi mala suerte y mi alma tan distraída, por no decirle “apendejada”, y desastrosa que tengo, por lo que me serviría como un himno a la esperanza, la paciencia y la bienaventuranza, en los momentos de desesperación, ofuscación y falta de cordura provocados por uno o una serie de eventos desafortunados. Tal vez me gustaba por ambas razones, porque muy en el fondo pensaba que, cuando creciera, quería ser como esa mujer para que no existieran más que días felices en mi vida y cuando algún día infeliz se colara en mis momentos, yo supiera ignorarlo y no dejarlo que me turbe, como si este no hubiera existido nunca.

Creo que esa mujer tenía muy buena suerte, no puedo pensar en otra cosa para tanta felicidad. Por eso nunca seria posible que yo fuera como ella, con la suerte que me tocó. Tengo muy mala suerte, a mí no me digan que no. Si no, pregúntenselo a mi papá y el amablemente lo confirmara. No por nada, él y mi esposo me apodaron, a manera de burla, “lucky lady” (Dama de la suerte) el día lo llevamos al casino. Mi papá, contrariamente a mí, tiene la mejor de las suertes, así que no fue ninguna sorpresa cuando me acerqué a su maquina y lo vi ganando. El obsesionado, como toda la gente que se encuentra jugando ahí, ni me hizo caso por estar como garrapata a la maquinita, así que me quedé dos minutos sentada y después, me fui. Pero la sorpresa la tuve cuando al minuto de que me quité, se apareció mi papá, alegando que había empezado a perder apenas me acerque junto a él. ¡Pobre mi papá!, lo hice perder. ¡”Oops”! Al menos, si notó cuando me senté junto de él (jijiji).

¡Nunca digas que tienes mala suerte!, me decía de manera alarmada un peruano muy amable que conocí alguna vez en mis clases de inglés. ¡Pues si la tengo!, le rezongaba yo, al tiempo que le ponía cara de resignación - un gesto ya, común en mí- como la pongo cada vez que me pasa algo malo. Ahora entiendo que uno atrae la mala suerte con los pensamientos negativos y cuando uno cree que ya nada puede salir más mal, pasa algo peor. Por eso, para no invocar al karma negativo, el peruano me enseñó un concepto frutal que no acabo de relacionar y mucho menos entender, se dice ¡Tengo mala piña! Así es, no sólo tengo mala piña, tengo todo un ponche de frutas: que si la cubana de migración, que ya me trae más idiota y más loca de lo común, me sigue haciendo perder mi tiempo y mis energías sin definir nada de mi caso; que si me voy a perder la boda de otra de mis mejores amigas porque la cubana no delibera; que si las cosas que prometí enviar a México no llegan porque el avión donde las enviaría, extrañamente y poco usual, se descompone; que si tengo que cancelar boleto de avión una vez más y deshacer maletas; que si pierdo las mariposas que adornaban mi celular y no siendo esto suficiente, al rato después, pierdo entonces el celular con todos mis contactos; que si me pierdo yo manejando por esta ciudad tan grande, aun cuando sigo al pie de la letra las instrucciones del mapa y además de todo, llego tarde al trabajo; que si la maquina vendedora no me acepta mi billete y cuando me cambio de maquina y esta si lo acepta, se lo traga; que si mi cabello se cae; que si la alergia, me pica la garganta, la nariz, el dedo chiquito del pie y la nalga; ¡Que si la canción! Aunado a esto, estoy en la semana en la que mi humor se encuentra sobre una montana rusa, ¡Maldita menstruación, odio ser mujer esta semana! No crean que esto es la historia de mi vida, ¡NO!, sólo han sido las últimas dos semanas. Además de todo, me he quedado sin cable y mi tele no agarra ni los canales locales y eso, que se le consiguió una antena disque sofisticada. ¡Maldita tele!, sabía que las amenazas que alguna vez proferí en su contra, tarde o temprano se las merecería. No me deja ver a Jaime, al señor Jaime. Puedo soportar todo… ¿Pero llevar casi una semana sin ver al señor Bayly? ¡Adiós encuentros nocturnos! ¡Nooo! Eso sí lo amerita: ¡Depresión, depresión! (Gritan mis voces internas)

Hablando del señor Jaime, tengo que hacer un paréntesis para mencionar el único día bueno que he tenido antes de que empezara mi mala racha. Fue el día que lo conocí. Juré no lavarme nunca más la mejilla derecha, porque fue ahí donde me dio, no uno, si no dos besitos: uno cuando lo salude y le entregue la comida que le prometí (antojitos mexicanos), y el otro, cuando se despidió de mí. No podía haber estado más alucinada ese día. Repetí -en voz alta- que lo había conocido, todo el camino de regreso a casa. Sí, no me lavaría la mejilla nunca más. ¡Conocí a Jaime Bayly!, ¡Conocí a Jaime Bayly!, ¡Conocí a Jaime Baylyyyyyy!, le repetía como taradita a mi esposo, a manera de presunción - como si el no hubiera estado ahí, también- , pero mi esposo, no se si por despecho, por celos o más bien, por molestar, después de un rato de escuchar mi cantaleta, me lleno de besos ambos cachetes repetidamente y a montones, haciendo que todo encanto terminara en ese momento. ¡Noo, los besitos de Jaime!, ¡Que malvado!, le grité molesta. Entonces, después de eso, decidida me levante y me talle la cara (primero agua y jabón y después, astringente) para quitarme tanta baba y tantos gérmenes que me había dejado ahí, en aquel lugar donde alguna vez estuvieron los besos de Jaime, que diga del señor Jaime. Al par de días después, empezaron mis días tormentosos y mi mala suerte me volvió a acompañar una vez más.

No puedo evitar deprimirme a veces, por la mala suerte que se empeña en perseguirme a donde quiera que yo vaya. Me mude para los “Yunaites” para cambiar de aires, pero hasta aquí me persiguió. Por eso desde que empezó la ultima mala racha que he tenido (y no se acaba aún), no he podido evitar tener un atracón de “Pringles”, “Doritos”, “M & M’s”, “Ferrero Rocher”, “Snikers”, “Nerds” y “Skittles”, mientras le ruego a Dios que no me de un paro cardiaco, un coma diabético, me ponga gorda o peor aún, las tres cosas a la vez. Me siento como la comediante mexicana “la chupitos” (cada que la llevan a la comisaría), repitiendo constantemente: ¡No es justo!, ¡no es justo!, mientras me atraganto compulsivamente de comida chatarra y lloro mis amargas penas, al tiempo que veo la televisión sin imágenes y en modo “silencio”, esperando que suceda un milagro que me devuelva la señal.

“La vida no es justa”. Sí, “Life is not fair”, se podía leer fácilmente en letras mayúsculas esas palabras en el afiche pegado en el techo del consultorio del ginecólogo. ¡No me digas!, me pensaba con ironía y agudeza, como si el darse cuenta de eso, hiciera mas fácil la visita. La vida no es justa, sin embargo todo es cuestión de actitud, se dice. Piensa positivo, piensa positivo. Yo me pregunto si la suerte cambiará si se piensa positivo. ¡PUES NO! me respondo yo sola, después de tener pruebas fehacientes de que no es así.

Necesito probar algo diferente, creo que necesito una limpia, no, no creo, más bien, estoy convencida. ¡Necesito una buena limpia!, me repito con angustia, zozobra y desconsuelo. Una amiga me dijo que me pase un huevo por el cuerpo y si sale negro, es que sí lo necesitaba. He pensado seriamente hacerlo, aunque, pensándolo bien, creo necesitar algo más drástico al respecto. Necesito ayuda de una profesional que sacuda unas yerbitas en mi cuerpo, le tuerza el pescuezo a una gallinita, diga cosas sin sentido que sea natural no entender, baile la danza del pavo, que me haga ponerme de cabeza y luego de temblar como desquiciada y poner cara de orgasmo o de loca, me diga que ha logrado expulsar a todo espíritu y toda mala vibra lejos de mí. ¡Sí, buscare a una profesional!

Es irónico como puedo dar los mejores consejos a todo el mundo, pero no soy capaz de escucharme nunca: “Estas en el lugar correcto, Dios quiere que estés en lugar donde estas”, le decía hace poco a una amiga que la deportaron del país por problemas con migración. Calma, paciencia y perseverancia le decía. “Todo pasa, todo pasa”, le decía a otra. “No dejes que nada, ni nadie te quiten la felicidad” a una tercera. Yo en cambio, en vez de seguir mis propios consejos, estoy como loca, dándome de golpes contra la pared.

Por supuesto mis amigos y mi familia siempre corren a mi rescate.

¡La suerte de las feas a las bonitas nos vale madre!, pone mi hermanita a lado de su “nick” del Messenger, para hacerme olvidar todo ese rollo de la mala suerte. Pero yo, lejos de creérmelo, y llena de envidia porque además de ser bonita, ella heredó la buena suerte de mi papa, le envío uno de esos “Emoticon” (de esos muñequitos curiosos del Messenger) que tengo guardado con el titulo “Toma”, en el que el muñequito, lleno de saña, le da de golpes al otro con un mazo, hasta quitarle la cara de felicidad.

¡Haces muchos planes!, me dice uno de mis queridos amigos. Las cosas se darán cuando se tengan que dar. Ya no planees tanto y veras que cuando lo que anhelas se cumpla, lo vas a disfrutar más. Me río por dentro como si fuera una burla lo que acababa de decirme, sabiendo que vengo de una escuela de contaduría y administración donde, desde el primer hasta el ultimo día de mis casi 6 años de carrera, nos hicieron desayunar, almorzar y cenar la planeación. Pero me parece sensato lo que me dice. ¿Planeación estratégica?, ¡Las bolas de mis dos hermanos!-me pienso, ¡al diablo con la planeación! Ahora iré a donde me lleve el viento, dependeré del humor de Dios o del diablo en un momento dado. Yo propongo, dios dispone, viene el diablo y, nada de me descompone, me “chinga” todos mis planes. Pero si es necesario, haré una fiesta con él, creo que puede llegar a ser divertida después de todo.

Me han servido de consuelo una canción hermosa llamada “Tienen tu color” de Jesus Adrian Romero y un “foward” (reenvío) titulado “Nunca te enojes”, que recibí, vía correo electrónico, de diferentes amigos (los comparto como anexos al escrito).

Todo me turba, todo me espanta, nada se pasa. Mi paciencia se fue por el caño, le dije a una de mis mejores amigas después que me dijo una oración muy bonita para consolarme de santa Teresa de Ávila, que yo distorsioné de manera aberrante. No hay quien se salve de mí cuando estoy en mis peores etapas de negativismo.

“Nada me sale bien”, me quejé por segunda vez consecutiva esta semana con la misma amiga, por una cosa diferente, mientras las lagrimas se me escapaban de los ojos. ¿Te acuerdas de la oración?, me pregunto mientras me la repetía una vez más esa semana: Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.

“Para ella no existían los días a los que la gente solía llamarles días infelices…”. No creo que alguien alguna vez escribiera algo así de mí. Pero si me suena, más bien, algo así: “Para ella existían, de manera común, los días a los que la gente solía llamarles días infelices y desastrosos, pero como le gustaba burlarse de ellos para sentir que todo y, a la vez, nada pasaba.”












JKO

jueves, 6 de marzo de 2008

NIVELES DE UNIÓN DE LAS PAREJAS



Para los casaderos

Unos más jóvenes que otros aunque, la mayoría cree que ya es el momento. Unos porque sienten que ya es hora de dejar “el nido”, otros porque ya están hartos de vivir en él. Unos porque “metieron la pata”, otros porque querían meterla y otros porque ya la metían y querían legalizar su situación. La mayoría porque terminó por fin la escuela, porque consiguió un buen trabajo, porque cree haber encontrado a la pareja perfecta. Quiero pensar que todos ellos, por amor, ignorando completamente los muchos matrimonios “de la alta alcurnia” de la suciedad, que diga, de la sociedad Yucateca, que son por interés.

Por todo eso, una carrera de bodorrios entre mis amigos y familiares inicio el año pasado y continúa incesante y galopante a lo largo de todo este año. Es el motivo de ese retoque de campanitas que escucho constantemente. Es el motivo también, por el cual me decidí a continuar este escrito que inicié hace algún tiempo y deje sin terminar.

Al principio, pensé en dar algún consejo práctico a los futuros casaderos, pero lo único en lo que pude pensar fue: “Antes de aventarle a tu pareja cualquier objeto corto punzante, pesado o que pueda lastimar, cuenta hasta mil lentamente, si aún así el enojo continua, entonces aviéntalo sin remordimiento”. El consejo, aunque netamente práctico, me resultó un tanto descabellado. Nunca he sido la más indicada como para dar buenos consejos, lo acepto. Es más, aquí entre nos y con un poco de sinceridad, yo no seguiría mis propios consejos tampoco. Por eso, me resulta difícil entender cómo es que muchos de mis amigos cuando tiene problemas, continúan recurriendo a mí. .

Así que cambié mejor de idea y opté por hablar de cosas más bonitas como la felicidad eterna que les deseaba a todos y los cuentos de hadas con finales felices que creía que era posible que existan en la realidad, aunque tuviera que mencionar también la existencia, al por menor o por mayor, -como en todo cuento- de: brujas, locas, ogros, sapos desencantados, zorros y zorras y toda esa clase de animalejos perversos que suelen hablar y echar, nuestros cuentos de color de rosa, a perder. Pero no quise hablar de los aspectos negativos y arruinar el encanto y la magia.

Así púes, me decidí, a hablar de lo maravilloso y lo importante del amor de pareja y lo primordial, cómo conservarlo. Y… ¡DIABLOS! Fue ahí precisamente, donde me tope con el problema mayor. Estaba segura, como muchos, que es muy bonito y muy importante, pero… ¿Qué más podría decir una chica con poca experiencia en el matrimonio, de padres divorciados, que nunca hubo tomado cursos prematrimoniales, ni curso alguno de superación personal como “la escuela para mujeres” o algo similar? Me encontré absorta en mis pensamientos y después de un rato como todo bribón, recurrí a mi última esperanza: la fe. Intenté desesperadamente, recordar alguna frase, idea o pensamiento que hubiera escuchado y sirviera como base para desarrollar este escrito, pero todo fue en vano. Me reproché una vez más, como tantas otras, el haber sido siempre tan distraída y no haber prestado atención la mayoría de las veces que fui a misa.

Mi escrito lo dejé inconcluso porque sentí que me quedé sin respuestas. No hace mucho afirmé que no entendía la extraña manera que Dios tenía para trabajar y aún sigo sin entenderla, sin embargo me he dado cuenta de algunas de sus “movidas”: cuando tenemos buenas intenciones e intentamos hacer un bien, Dios se pone de nuestro lado. Por eso, un tiempo más adelante la respuesta que esperaba llegó a mí, sin que yo pusiera mucho esfuerzo por encontrarla.

Un par de días antes de que eso pasara, sucedió una anécdota que me gustaría compartirles. Más adelante entenderán cual es la relación con todo esto.

Coincidí una tarde con un amigo habitual y nos pusimos a conversar. Él es de creencias católicas fuertemente arraigadas. Yo lo sé bien. Aun así, me atreví a contarle que me cambiaría de religión.

Al principio, muy serio él, me preguntó acerca de esta nueva religión que había logrado cambiar mis convicciones ideológicas de la noche a la mañana. Yo le dije que era una religión relativamente nueva y aunque, ya contaba con un número considerable de integrantes para no ser ignorada, la hermandad seguía en búsqueda de adeptos comprometidos con un nuevo sentido de fe y de religión.

No era necesario tener que ir a misa, ni confesarse cada semana, le recalqué con ánimos triunfantes, puesto que nunca me pareció tener que confesarme, con alguien que, posiblemente, se encontraba con una lista más larga de pecados que la mía. Es más, también le conté que ni si quiera había que congregarse en algún sitio en particular, cualquier sitio podía ser lugar propicio para la adoración. Él extrañado y tratando de no perder la calma que lo hicieran emitir juicios, que luego pudieran ser usados en su contra en un futuro posterior, me pidió que continuara.

Le expliqué que a pesar de eso, existía un centro de culto y alabanza, para los que lo desearan. Yo le conté muy seria que ahí, adorábamos a un tótem gigante en forma de falo. Él pareció desconcertado y puso una mueca de extrañeza porque creyó haber escuchado mal, por eso, me pidió que le repitiera lo que acababa de decir. Fue entonces, cuando me solté a reír porque ya no pude contener la risa.

Mi amigo pronto se dio cuenta de que todo lo que acababa de decirle era una broma. Soltó una carcajada (creo que después de imaginarse con detalles, lo que acababa de decirle). Me dijo que era una zonza y que lo había asustado. Además, también me dijo que era una grosera. Yo lo acepté, lo acepté porque me dio mucha risa verlo tan angustiado todo ese tiempo, también le dije que no podía negar que lo había hecho reír.

No tarde en recordar mi maldad cuando, sin intenciones genuinas de cambiar de religión y más bien, por azares del destino y algo de curiosidad, terminé un par de días después de ese suceso, en una iglesia bautista. Tampoco tarde en pensar temerosa, no de Dios, si no de mi amigo, en el papel de juez castigador, dándome golpazos con un mazo, si se enteraba donde me encontraba.

Sin embargo, puedo decir que me fue muy grato y sobre todo, revelador haber estado ahí.
Quiero que quede constatado: al compartir esto, no lo hago con ánimos de promoción alguna hacia la iglesia bautista, que dicho sea de paso, es tan cristiana como la católica. No intento que nadie deje la religión católica, cambie de convicciones, ni mucho menos empiece a asistir a una iglesia bautista. No, simplemente intento compartirles la revelación que llegó a mí, porqué me parece adecuado compartirla. Además, preferiría no ser excomulgada a tan pronta edad de la iglesia a la que he “pertenecido” toda mi vida, por andar robándome a los pocos adeptos que todavía creen en ella como institución. Por eso, diremos que les contaré todo esto únicamente con ánimos periodísticos neutrales.

Ese domingo me sorprendió la amabilidad de la gente que saludaba como si fuéramos feligreses del lugar. Todos sonrientes, como si ir al “servicio”, como ellos le llaman, fuera una alegría y no una obligación.

Un coro de pequeñitos de entre cuatro y cinco años de edad sentados en las escaleras del lugar, al que yo, posiblemente de manera equivocada, le llamaré altar, entonaban sus vocecillas infantiles con una canción que decía algo así:

“Holiness, holiness is what I long for” ( Santidad, santidad es lo que ansío)“Holiness is what I need” (Santidad es lo que necesito) “Holiness, holiness is what You Want from me…”( Santidad es lo que Tú quieres de mí)
Fue después de eso, que un pastor hizo su aparición con la repuesta que yo ya no me acordaba que buscaba. Mencionó algo acerca del origen del hombre y luego, una frase del Libro Génesis que varias veces había oído, pero nunca le había prestado verdadera atención: “No es bueno que el hombre esté sólo; le haré ayuda idónea para él”.

Algo que me pareció muy curioso fue que los asistentes, a manera intercalada con el sermón del ministro, levantaban su voz, y sin permiso alguno, gritaban “Aleluya” o “Amen”, de manera emocionada y convincente. Yo, tan curiosa como siempre, no podía evitar no voltear para ver quien era el que gritaba, pero al parecer eran varios de los asistentes los emocionados.

Fue entonces, cuando el ministro hablo de los tres niveles de unión que eran necesarias para que un matrimonio fuera exitoso y durable:

1) Debía haber una unión de cuerpo con cuerpo. ¿Por qué no hablar del sexo si Dios lo inventó? Grito repentinamente y más emocionado que los feligreses. Yo, por supuesto, saque lápiz y papel y empecé a apuntar. ¡Sí! El sexo es importante y practicarlo con frecuencia es sano para la estabilidad de la pareja. No hay que menospreciarlo, ni hacer que caiga en desuso.-Dijo. Así que, por favor, esposas, no es bueno tener dolores de cabeza todos los días. ¡ALELUYA!- Gritó una voz iluminada con mucho entusiasmo y felicidad. Yo no supe si reír o no. Pero empecé a convencerme de cambiar de religión. El ministro me parecieron un personaje muy curioso, más curioso que los niños del coro.
2) Un mejor matrimonio incluye una unión de alma con alma, en adición a la de cuerpo con cuerpo.-Continuó- Señores, hay que compartir actividades en común con su pareja. Hagan un esfuerzo por pasar un tiempo a solas con su esposo o esposa. Un tiempo sólo para ustedes. ¿Qué es eso de que tu alma gemela está por su lado y tú por el tuyo? Tienen que encontrar alguna actividad en común que disfruten hacer juntos: vayan al cine, a bailar, a cenar, pescar, caminar, etc.

Ejemplifico el punto, contando como su esposa a pesar de no gustarle subirse a los barcos, lo había acompañado a bucear para compartir tiempo con él. Para él fue suficiente con que haya ido, aunque ella no haya querido bucear. Él pidió un aplauso especial para ella, después de contar que mientras se encontraba bajo el agua, le pareció ver la sombra de una persona asomando la cabeza por fuera del barco, vomitando, y que después de un rato, cuando regresó a la superficie, descubrió que aquella sombra era la de su pobre esposa que se había mareado. Claro, eso a mí me pareció un extremo, sin embargo, creo que fue plausible el esfuerzo de la mujer por compartir un poco de tiempo y de las actividades que le interesaban a su marido.

3) Un verdadero matrimonio debe tener una unión de cuerpo con cuerpo, alma con alma. Además, debe tener una unión de espíritu con espíritu. Aquí, habló de la importancia del matrimonio guiada por la religión y de compartir las mismas creencias religiosas para asegurar el éxito en el matrimonio. No solamente era importante tener una base religiosa, si no también tener las mismas creencias al respecto. Esto es, era necesario buscar desde el noviazgo parejas de nuestra misma religión o en su defecto, si no era esto posible, definir cual de las dos religiones seria la que como pareja se profesaría, pero no tener dos distintas. Hacia falta esa unión también para el éxito del matrimonio.


Yo tengo algunas ideas al respecto, sobre todo, para las parejas jóvenes: Todo es paso por paso. Creo que no importa cuantas veces se falle en el intento de llegar al punto número tres: siempre se puede volver a empezar y volver al punto número uno, cuantas veces sean necesarias, y lo mejor (a mi parecer) es que se puede permanecer en el punto uno el tiempo que se juzgue necesario, hasta que se crea que se puede pasar al punto número dos de manera satisfactoria. El sexo aunque es una actividad en pareja, no cuenta para pasar al punto numero dos, hay que buscar alguna otra actividad más, en común. Por ultimo, yo creo el camino de la felicidad se encuentra cuando las parejas van tomadas de la mano de Dios.

Por eso es importante asistir a alguna iglesia, templo o centro de adoración. El que sea, lo importante es ser constantes. Yo por ejemplo, no me decido si volver a esta iglesia bautista que tan buenos consejos me dio o averiguar acerca de la iglesia de Ybor City, Florida cuyo pastor llamado Paul Wirth, el pasado diez y nueve de febrero, anunció un reto llamado “The 30-Day Sex Challenge” (El reto de los 30 días de sexo) para los miembros de su iglesia. “Hanky-panky every day” (Hanky-panky todos los días) fueron sus palabras literales. Yo sé que la mayoría de ustedes saben a qué se refiere el término “hanky-panky”, ¡A mí no me engañan, no se hagan los inocentes! Si alguien no lo sabe, por favor, pregúntenselo a quien más confianza le tengan. ¡A mi no!, que yo no sé qué es, traté de averiguar en el diccionario, pero no aparece el término. Así que iré a preguntarle a ese pastorcito acerca de ello y a ver, qué buenos consejos me puede dar al respecto...

JKO

miércoles, 13 de febrero de 2008

NECESITAMOS VALOR…

Nada me ha sorprendido más esta semana, que la respuesta de la gente a mi último escrito "Todo pasa, todo pasa". Varios fueron los que se identificaron con él y me escribieron para hacerme algún comentario o para compartir conmigo una anécdota al respecto. Me siento muy agradecida de que sientan esa confianza para acercarse a mí, pero sobretodo, me alegra que el escrito les haya servido o dado alguna palabra de aliento o motivación (como muchos me comentaron). Al haberlos escuchado con mucha atención y teniendo en mente una frase particular y repetitiva, me inspiré a escribir unas palabras más en forma de poesía.

SE NECESITA VALOR

Se necesita valor para sobrellevar los males del corazón.
Se necesita valor para hablar claro y con la verdad.
Se necesita valor para entender cuando una persona no te ama.
Se necesita valor para no volver a caer en la tentación que se sabe, será tu perdición.
Se necesita valor para entender que hay promesas que se las lleva el viento.
Se necesita valor para esperar algo que se sabe nunca llegará.
Se necesita valor para aguantar el dolor, cuando no queda de otra.
Se necesita valor para salir a delante cuando todos los sueños edificados se deshicieron como castillos de arena cuando los soplo el viento.
Se necesita valor para decirle a adiós a la persona que se quiso ir.
Se necesita valor para no llorar aunque te hayan arrancado el corazón y lo hayan hecho añicos.
Se necesita valor para decir adiós cuando no se quiere, pero es necesario.
Se necesita valor para continuar cuando se ha perdido el sentido.
Se necesita valor para aceptar que la palabra nosotros, nunca volverá a ser lo que una vez se deseo: para siempre.
Se necesita mucho valor para sobrellevar los males del corazón.

Junto con este poema, quisiera compartirles uno de los comentarios que recibí, muy acertado por cierto, de una de mis lectoras habituales: "Hace falta mucha presencia de animo y valentía, para salir adelante después de haber perdido al ser amado (por el motivo que sea). Pero tengo la impresión, de que cualquier ser humano es capaz de soportar mucho más de lo que creemos".

Yo creo que ella tiene mucha razón. Todo ser humano es, no sólo capaz de soportar mucho más de lo que cree, si no que además, cuando "todo pasa", se da cuenta, que no sólo no lo mato, si no que lo hizo más fuerte. Cuando todo pasa, todo también, pasa. ¡Nunca lo olviden! Y sobre todo, no pierdan los ánimos.

YO NECESITO VALOR

Después de repetir tantas veces la frase "Se necesita valor", no pude evitar recordar un pensamiento que tuve no hace mucho, una tarde que me encontré frente a una pila de platos sucios de varias semanas. Fue una frase que me salio directa del alma: ¡Se necesita valor para lavar todo eso! En verdad, fue un pesar para mí cuando lo dije. Pero he descubierto que no hay nada mejor, como que uno se burle de sus propias desgracias. Yo sé que nada tiene que ver con lo que les pasa, sin embargo, me dio por cambiar drásticamente el sentido del poema y adecuarlo a lo que yo considero, son mis pesares del momento. Me gustaría compartirlo con ustedes esperando robarles una sonrisa y lograr que sus penas se mitiguen, aunque sea, un poquito.

YO NECESITO VALOR

Yo necesito valor para lavar la pila de platos que se acumula cada dos semanas.
Yo necesito valor para entender que la ropa no se lava, ni se guarda sola y peor aun, aceptar que no puedo ir a comprar paquetes de calzones nuevos, cada vez que mi cajón se queda vació.
Yo necesito valor para lavar el baño.
Yo necesito valor para aceptar que la comida no se va a cocinar sola. También para aceptar que la única manera de calmar mis ansias de comida mexicana, es comiendo en "Taco Bell".
Yo necesito valor para entender que no puedo mentarle la madre a todo el mundo que se lo merece, ni debo dudar acerca de mi capacidad para resolver las diferencias por la vía pacifica.
Yo necesito valor para pretender que no soy amable, hablar menos de lo que siempre lo hago y negar mi teléfono (aunque me esté sonando en la bolsa) a la gente que se acerca a mí fingiendo amistad pero que, a los cinco minutos, me dejan saber sus intenciones de querer probar los manjares de mi cuerpecito. ¿Eh, y el cine y la cena? Sobre todo en estos momentos, necesito mucho valor para recordar el punto anterior.
Yo necesito valor para no comer chocolate todos los días, para ignorar todas las propuestas indecorosas que recibo en los supermercados de los diferentes paquetes y sobre todo, evitar guiarme por sus apariencias físicas y sucumbir a la tentación de comerlos completitos.
Yo necesito valor para aceptar que cuando intento hablar por teléfono en ingles, mis muecas, ademanes y demás movimientos con el cuerpo no sirven para nada.
Yo necesito valor para no poner cara de estúpida y fingir que entiendo todo lo que me dicen cuando me hablan en "cubano".
Yo necesito valor para atreverme a decir tanta idiotez.

Si, para muchas cosas en esta vida: ¡Se necesita valor! ¿O no?

JKO

martes, 5 de febrero de 2008

TODO PASA, TODO PASA

A mi queridísima amiga “Sabritona”

Mucha gente piensa por lo alegre que soy, que mi vida siempre ha sido “color de rosa”, que a mí nunca me ha tocado sufrir. Si me pidieran ponerle titulo a mi vida, como si fuera una película, creo que le pondría: “Las bonitas igual lloran”. No es que sea la mujer más hermosa del mundo, pero sin duda mi autoestima y mi vanidad femenina simplemente no me permite bajarme a más. Tampoco es que mi vida sea tan dramática como el titulo lo sugiere, pero qué puedo hacer si lloro con facilidad.

Por eso, lloré cuando la gata, de un salto, cazó al pajarito azul que venía todos los días a comer alpiste; o cuando supe que a mi perro lo tuvieron que dormir porque le había llegado su hora; o cuando tuve que entregar al gatito que recogí de la calle, porque yo no tenia el dinero que se necesitaba para cuidar de él como se merecía; o cuando el chico del que estaba enamorada, me dejó porque se había fastidiado de jugar conmigo. Pero no sólo lloro por animales. Por eso, también lloré cuando mi mejor amiga de la secundaria se mudo a otro estado, cuando troné mi primera materia en la “prepa” y me sentí la más tonta de todo el colegio, cuando “Don senor” me prohibió llevarme con su hija porque pensaba que yo era una mala influencia para ella, cuando papá decidió irse de la casa aunque me haya heredado su televisión gigante y cuando descubrí que el amor podía tener mil caras e igual numero de máscaras y a veces, era pagado con desamor. Mi memoria no me falla en esta, por eso me recuerdo llorando también, cuando descubrí que el amor lo podía todo, incluso “cagarla”. Así que lloré inconsolablemente, como tantas veces, a pesar que mi mejor amigo me pidió que no lo hiciera, desde el otro lado del teléfono.

Creo que es algo normal para una chica joven como yo. Nada que haya amargado mi existir eternamente. Eso sí, ese dolor me ha dejado ver que tengo corazón, aunque algunas veces quisiera no tenerlo. A veces, quisiera ser una mujer frívola y práctica, como alguna gente que conozco. Desgraciadamente, no tuve el gusto de conocer a Sanders Peirce ni a Nietzsche. Quizá un poco de su pragmatismo me hubiera servido bien. Creo que me ha tocado llorar más de la cuenta por tener siempre los sentimientos “a flor de piel”. No es que me guste sufrir por gusto, pero simplemente no puedo evitarlo. Soy así: una chica sensible y “chechona” .

En mi corta experiencia de vida, puedo decir que no hay nada peor, que no poder estar con la persona amada. Por el motivo que sea. Bien lo dice Pablo Neruda: “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”. Es tan largo el olvido. Sí, yo lo sé bien. Por eso entiendo por lo que estas pasando, mi querida amiga. ¡Claro que te entiendo cuando me dices que te duele! Después de todo, alguna vez sufrí lo mismo que tú.

Sé que poco se puede hacer o decir para consolar un corazón herido, un corazón tan herido como lo está el tuyo. No te digo que no llores, ¿con qué cara haría eso? A veces, hace falta llorar una tempestad entera para curar el alma o al menos para tranquilizarla. Pero tú estate segura de algo, créeme cuando te digo: Todo pasa, todo pasa, aunque a veces se tenga que sentir un diluvio para que la calma llegue y se pueda ver todo con claridad. Todo pasa, todo pasa y esto como todo, pasará también.

El mejor consuelo, yo lo hallé escribiendo. Fue la mejor medicina y la mejor catarsis para mi alma atribulada. Con el paso del tiempo, de mi adolescencia a mi juventud, descubrí que después de todo, un poco de sufrimiento no nos cae nada mal. Yo creo que nos hace ser mejores “seres humanos” al permitirnos tener: la empatía necesaria para entender el sentir y sufrimiento de los demás, y la misericordia necesaria para compadecerse de los sufrimientos y pesares ajenos.

Un toque de sufrimiento en nuestras vidas, es como la sal a la comida. No es necesaria, pero le deja mejor sabor. La sal de la vida sin embargo, hay que tomarla con medida y precaución, puesto que corremos el riesgo de que se nos pase y nos sale nuestro existir. La comida salada se tira a la basura, aunque se peque tremendamente por el derroche. Pero, ni modos de tirarnos al bote porque dejamos que el sufrimiento nos invadiera de más. Ciertamente, esta opción no resulta muy viable para nosotros.

Uno no ama para ser herido, pero hay que correr el riesgo. Yo no me arrepiento nunca de haber amado, a pesar de que algunas veces, sufrí. Por eso, me permito compartir contigo este verso que escribí alguna vez que mi alma se encontraba acongojada. En aquellos tiempos cuando algunos de los primeros amores fueron, en vez de azúcar, como granitos de sal.

Aquella noche

Aquella noche quise arrancarte de mi alma,
Quise arrancar tu amor y tirarlo a la basura,
Quise que se ahogara entre tanta lágrima.
Fuiste fantasía que había perdido su lisura

Aquella noche decidí dejar de amarte
Porque sin duda tú ya me habías dejado.
Cerré los ojos y lloré al pensarte,
Al comprender que no me habías amado

Aquella noche intente borrar las palabras
Que escribiste lentamente en mi alma
Porque ya me había cansado de leerlas,
Sin que estas me dijeran nada.

Aquella noche me enfermé de ti
Dolor de cabeza de tanto pensarte
Dolor al ver que no eras bueno para mí.
Cuando entendí que no era bueno amarte

Aquella noche quise odiarte
Y me odie un poco por quererte así,
Quise abrir la jaula de mi amor y liberarte
para así, dejarte volar cual colibrí

Aquella noche fue la última
Que hiciste cachitos mi integridad
Porque entendí que nunca sería bueno
Amarte así, entre tanta soledad.

Aquella noche quise arrancarte de mí…

JKO

sábado, 2 de febrero de 2008

CUANDO MI INSPIRACIÓN HUYE

A mi inspiración le gusta la soledad y la tranquilidad para salir. Cuando hay gente alrededor o visita de mis queridos paisanos yucatecos, ansiosos por ir a tiendas a gastar su dinero y sacarle el mejor provecho posible a su fajo de billetes verdes, ella suele ser corrediza y asustadiza. Es un poco penosa, por eso, es así. A ella no le gusta ir de compras, me lo ha advertido. Eso no necesita decírmelo, pero yo sé que ella siente recelo cuando no le presto mi atención al cien por ciento. Se indigna conmigo si socializo de más. Por eso, este fin de semana, mi inspiración huyo a donde mi madre. Decidió visitar a su abuela. Eso lo note porque hoy, después de varios días sin tocar mi computadora, descubrí que recibí un cuento maravilloso, que mi mamá escribió, titulado “El Secreto de las Estrellas de Mar”.

No lo digo porque sea mi mami, la verdad me pareció excelente. Debido a eso, esta semana me gustaría compartirlo con ustedes. Espero que lo disfruten tanto como yo.


El Secreto de las Estrellas de Mar.
(Un cuento de Estrellas Celestes y de Estrellas de Mar)
Por: Elizabeth Ojeda Palma

Era una vez uno de tantos enamorados de las Estrellas de Mar que se ocupaba en las noches claras y serenas, en caminar en la playa buscando Estrellas de Mar para devolverlas al Océano y, de esta manera evitar que, cuando la marea bajara, murieran en la arena sin poder regresar al Mar.

Pero aquel Hombre, aunque romántico, poeta y soñador, también era un Hombre de Ciencia y realizaba su trabajo (devolver las Estrellas al Mar) metódicamente, de manera que cada noche llevaba un registro detallado de todas las Estrellas que había devuelto al Océano, a las cuales, claro es, había “marcado” antes de devolver al mar de manera que cuando volviera a encontrarlas pudiera anotar en sus registros todos los datos relacionados con el crecimiento, desarrollo, evolución, etc. de sus Estrellas de Mar.

El caso es que muy pronto empezó a notar que la mayor parte de las Estrellas de Mar que encontraba muertas al amanecer habían ya sido “marcadas” por él. Temiendo que tal vez su acción (devolver las Estrellas al Mar) estuviera causando más daño que bien, como suele suceder la mayor parte de las veces que el ser humano interfiere en los ciclos biológicos de la naturaleza, decidió entonces construir un Estanque alimentado por Canales de Agua del Mar, que permitieran el flujo y el reflujo, de manera que las Estrellas que llegaran a la Playa en vez de morir cuando la marea bajara, quedaran en el Estanque Artificial.

Muy pronto su Estanque estaba lleno de Estrellas de Mar. Sin embargo, el desolado Hombre contemplaba que aún ahí, sus Estrellas de Mar amanecían muertas flotando en la superficie del estanque. Diseño entonces un Programa de Observación permanente de muestreo durante el día y la noche, de todos los días de todos los meses del año, de manera que pudiera descubrir cuáles eran las variables que hacían que las Estrellas de Mar siguieran muriendo y tras largos meses de observación llegó por fin a descubrir cuál era el Secreto de las Estrellas de Mar.

Era en las noches en que las Estrellas del Cielo brillaban con más intensidad que morían más Estrellas de Mar. Y era que, justamente en esas noches calmadas, apacibles, en que la brisa marina era tan sutil y tan leve que la supeficie del mar apenas se balanceaba, que las Estrellas del Cielo se reflejaban claramente en el Espejo de Agua que se formaba durante la Bajamar y que las Estrellas del Mar salían y comenzaban a caminar hacia el reflejo de las Estrellas del Cielo, cada una de ellas buscando entre todos los reflejos de las Estrellas del Cielo alguno que parecía ser único, especial y diferente a todos los demás. Cuando la Estrella de Mar encontraba el Reflejo de la Estrella Celeste que buscaba, dejaba de caminar, se quedaba quieta y comenzaba a agonizar. En el momento preciso que la Estrella de Mar moría, la Estrella del Cielo comenzaba a centellear y a brillar con más intensidad. Así, una a una, las Estrellas de Mar iban muriendo y quedaban, yertas e inermes, entre todas las conchas y los caracoles y los cantos rodados que la marea dejaba en la ribera del mar.

La razón era que, en los Tiempos de la Creación, Dios hizo la Noche y también hizo a las Estrellas del Cielo, pero luego, cuando se perdió el Paraíso, el Universo todo resintió las consecuencias y, entonces, las Estrellas del Cielo fueron separadas cada una de ellas por mitad: una Mitad quedó brillando en el Cielo como estrella Celeste, la otra Mitad fue arrojada al Oceano para vivir como Estrella de Mar.

Era por eso que las Estrellas de Mar salían a la playa, en busca de su Mitad perdida, esa Mitad que ahí arriba, en los confines del Universo, brillaba y tintilaba esperando el momento en que pudieran reflejarse en el Mar y encontrar su Mitad perdida convertida en Estrella de Mar.
El Hombre de Ciencia quedó profundamente entristecido al darse cuenta que tantos buscadores de Estrellas de Mar que se pasaban las noches devolviéndolas al mar, no habían estado haciendo más que prolongar la agonía de la espera y dificultar la búsqueda de la mitad perdida de cada una de las Estrellas del Cielo y de las Estrellas de Mar.

Decidió entonces el Hombre de Ciencia, que también era romántico y soñador, publicar los resultados de sus estudios y darlos a conocer. Pronto la noticia recorrió el mundo entero y no faltó quien lo propusiera para el Premio Nobel de la Paz.

Hoy, los enamorados de las Estrellas de Mar, cuando en las noche serenas las encuentran en la orilla de la playa, ya no las devuelven al mar y cuando encuentran alguna Estrella muerta, levantan los ojos al cielo y sonríen, porque saben que esa Estrella, aunque parece estar muerta, en realidad, ha encontrado su Mitad perdida y ahí, en la inmensidad del Universo, una Estrella Celeste brilla ahora con más intensidad.

martes, 29 de enero de 2008

A OTRA COSA MARIPOSA

Ellas se divierten jugando con el viento. Al viento no le enoja en lo más mínimo porque se encuentra cautivado por ellas: por su belleza, por su alegría, por su elegancia y por su fragilidad. Ni si quiera cuando lo dejan, puede molestarse porque sabe que volverán, y lo harán bien perfumadas. Ellas vienen y van; libres, tan libres como el viento mismo.

También tienen debilidades: los
aromas florales. Son delicadas y frágiles como una flor, por eso, no son capaces de romperlas cuando se posan en ellas para robar su néctar. ¡Pequeñas ladronzuelas!, tienen debilidad por las flores y por los aromas que emiten, pero nadie las culpa, ni las acusa porque son todo un espectáculo en el jardín.

No cabe duda lo maravillosas que son. Por eso, el viento las adora y yo también. Si las mariposas hablaran, me gustaría enviar secretos y mensajes con ellas. Es una pena que no sea así. Pero quedaras muy sorprendido cuando descubras, a todo lo que accedieron de lo que les pedí.

MARIPOSAS

Dime si te han visitado mariposas
inquietas, aleteando con locura.
Hoy te las mandé ¿Las puedes ver?
¡Van cargadas de amor y de dulzura!

Te pensé cuando las vi por el jardín
por eso las llene de besos para ti,
besos cariñosos, en excesos y sinfín
que por algún motivo, olvide y no te di.

Les pedí también que te llevaran flores
pero ellas se dicen ligeras de vuelo,
con tantos brotes a los alrededores,
llevaron sólo esencias para cumplir mi anhelo.

Deja que tersas, se posen en tu piel,
te estoy mandando igual unas caricias,
aletearán con mucho esfuerzo y a granel,
delicadamente, te darán esas delicias.

No te preocupes del “efecto mariposa”
que nuestro sistema no es nada complejo.
Si mi alma aletea alborotada y contagiosa,
recibe mi afecto y también, forma parte del festejo

Manda un poco de amor de regreso
para hacer su venida menos ociosa .
¡No las retengas!, no son ni del viento.
Y cuando alcen vuelo, a otra cosa mariposa…

JKO

lunes, 28 de enero de 2008

MI ENCUENTRO CON UN HADA MADRINA

Durante la carrera, mi producción literaria se vio, si no truncada, considerablemente disminuida, por la falta de tiempo debida a la exageración de las cargas de trabajo en equipo; los ensayos que en su mayoría terminaron siendo plagios de Internet que, estoy segura, los profesores nunca leían y por eso, no dijeron jamás nada al respecto; y las múltiples exposiciones a lo largo de los cursos, que fueron utilizadas como pretexto por los profesores, para no preparar su clase y que me permitieron, al final de mi carrera poder pararme frente a un grupo de cincuenta personas sin intimidarme ni un poquito, aun si no tenia ni la menor idea de qué diablos estaba hablando.

Tuve la mala suerte de no coincidir con una de las mejores maestras de comunicación que esa facultad tenía. En cambio, me toco el maestro más “barco” que me pudo tocar. Aprendí, a pesar del maestro. Pero algo aprendí. Si lo pienso bien, fueron dos cosas específicamente: la primera, que si hacías las tareas podías lucrar con ellas y vendérselas a tus compañeros simplemente con cambiar el orden de los párrafos; y la más importante, que la imaginación la podíamos dejar volar sin límites, hasta donde quisiéramos: así es como surgió esta historia.

Mi encuentro con un Hada Madrina

Todo empezó un sábado por la mañana cuando mis amigos de la facultad y yo, nos disponíamos a tomar el autobús, para ir al congreso internacional de emprendedores, en Cocoyoc, Morelos. Había mucho alboroto por la emoción de partir hacia la nueva aventura y todos los muchachos estábamos ansiosos ya, por aventar nuestras maletas y subirnos por fin al autobús. Todos formábamos una larga fila y entre los empujones, los golpazos, los gritos, las sonrisas, los abrazos y las despedidas, llamo mi atención una señora robusta, pomposa y de mirada acogedora, que observaba detenidamente como si buscara algo.

Su expresión cambio repentinamente, cuando sus ojos toparon con los míos: como si por fin hubiese hallado aquello que buscaba. Ella se acercó a mí y con tono cálido y sonriente me saludo: “¡Hola, niña Jo!”

¿Hola niña Jo?, me pregunté, sorprendida, al momento que le devolvía el saludo: “Buen día, señora, ¿Cómo le va? Disculpe, pero me pregunto cómo es que sabe usted mi nombre”.
Ella riendo y de una manera juguetona, señaló mi gafete.

-Je je je, que tonta soy, olvidé que lo traía puesto. A ver, dígame ¿Usted como se llama? Y ella, de una manera orgullosa, me contestó: “Pues, la gente suele llamarme Hada Madrina. Rápidamente, apreté los labios fuerte con mis dientes, para disimular la sonrisa burlona que iba a soltarme, debido a la respuesta inesperada. En esos momentos, lo único que puede pensar, era que quizá, se había olido algún “polvito mágico” o peor aun, que era alguna paciente de mi mamá, que se había escapado del hospital psiquiátrico.

Y con una risa que disimulaba burla e incredulidad, le respondí:

-Disculpe usted, pero las “Hadas Madrinas” (mientras decía estas palabras, levante las dos manos como haciendo la promesa scout y moví de arriba abajo los dedos índices y medios un par de veces) sólo existen en los cuentos de fantasías y, me temo decirle que, nosotros nos encontramos en la realidad. ¡Vamos, pellízquese un par de veces para que vea! O si quiere, yo le ayudo con eso. ¡Ah, ya sé! Seguramente es usted amiga de alguno de mis padres y me juega una bromita. ¡Dígame su nombre y con gusto, los saludaré de su parte!

-Mira niña, en verdad soy un Hada Madrina y he sido enviada para cuidar de ti- dijo insistente-. Es más, para probártelo te concederé tres deseos.

-Je je je, la broma es buena, pero creo que ha confundido los cuentos. Los genios son los que conceden tres deseos; las hadas madrinas, sólo uno. ¿Qué nunca vio Aladín y la lámpara maravillosa?

Y ella entusiasta y animosa, me insistió de nuevo:

-Bueno chiquilla, ¡que necia eres!, ¿a quién le dan pan, que llore? Tú no pierdes nada, escoge tus deseos y ya veras...

-Buen punto. No pierdo nada. ¿Tres deseos, dijo?

Y después de analizar un rato le dije:

-¡Mmm!, mis tres deseos serán: riqueza, amor y larga vida.

Ella por unos instantes pareció pensativa: “Has escogido tres deseos. De ellos uno es el más importante; ese, ese es el que te concederé”. Con un fuerte abrazo y una caricia en mi cabello se despidió de mí.

Yo, por un instante, sentí cierta desilusión por mis dos deseos robados, pero le devolví aquel afable abrazó al pensar en la agradable sensación que me dejó el hablar con ella. Y me quedé meditando mientras la veía alejarse de mí.

No llegué a saber su verdadero nombre, pero pensé en aquel momento tan curioso que acababa de vivir, en la plática, en los deseos... ¿El más importante? Y entonces, me los repetí uno por uno en voz baja, mientras los analizaba.

Riqueza. Qué gracioso, pero nunca especifiqué que tipo de ella: ¿Riqueza material?, ¿Financiera?, ¿Espiritual? Supongo que todas, pero para esas no necesito un Hada, pues las puedo lograr yo misma, con esfuerzo, empeño y dedicación.

Amor. ¿Importante? Ciertamente, pero, más que un deseo, debe ser una realidad. El amor, sólo se gana con amor.

¿Qué me queda? ¡Ah si! Larga vida. ¿Mas acaso, la vida, es un deseo qué un Hada Madrina pudiera conceder? Realmente lo dudo mucho, eso es un deseo concedido seguramente, por una fuerza mayor.

¿Deseos?, ¿hada Madrina?, ¿una más de los tantos locos que en este mundo hay? Supongo que nunca lo sabré, pero creo que siempre recordaré a aquella señora, porque me permitió darme cuenta, que aunque no era rica, no me hacía falta nada; que amaba y era amada; y sobre todo, que me encontraba viva y feliz. No estaba segura cuánto tiempo más se me permitiría vivir, ni ser amada, pero algo que si sabía y estaba segura, era que podía unir mis manos y así, entrelazadas, podía elevar una oración al cielo, dándole gracias al señor porque aún me permitía respirar y porque me había concedido una mañana más en la que pude, sin problemas, despertar.

Con esos pensamientos, me subí al autobús y sonreí al ver a mis amigos separándome un lugar, mientras las puertas se cerraban y avanzábamos hacia una nueva aventura más.

JKO

EL PEDACITO DE CIELO

Yo, definitivamente, creo en el libre albedrío del ser humano. Dios es un buen tipo, pero creo que esta demasiado ocupado como para estarse preocupando por hacer un plan de vida de cada una de las criaturas de su universo, o peor aun, estar detrás de cada uno de ellos viendo que se cumpla dicho plan. Creo fielmente en el libre albedrío y con ello, en la determinación del ser humano para alcanzar los objetivos que se propone.

Aun así, cuando uno hace todo lo que esta en sus manos y lo planeado resulta fuera del plan, entonces pienso que la divina providencia esta metiendo mano por algún motivo en especial: dicho sea, por evitar un mal mayor o por simple distracción, como yo creo que es mi caso.

Yo creo que Dios es un niño travieso que se divierte jugando con lo de papá. Le caigo bien, le gusto o al menos le llamo la atención (quizá por las cosas brillantes y llenas de colores que me gusta usar), por eso se divierte conmigo y juega con mi destino para entretenerse un rato. Eso si, papá no le ve y cuando le descubre, entonces hace cosas maravillosas para compensar sus descuidos, o al menos para distraernos de lo que ha pasado. Sí, es la única conclusión a la que puedo llegar, que me permite darle un poco de cordura y orden al caos aparente.

El día que esperaba ansiosa, después de una larga espera, la cita de inmigración para definir mi estatus migratorio y poder volver a México sin problemas, sucedió lo impensable-para mí-, indudable-para el mundo- e improbable-guiándonos en las reglas de la probabilidad y la estadística-: mi cita fue programada a la misma hora no de una, si no de otras dos citas, por lo que fue necesario reprogramarla una vez más. Sí, lo digo bien, una vez más. Reflexiono acerca de dos cosas: Una, que la pendeja cubana de migración que lleva mi caso necesita una agenda para el nuevo año que recién comienza y dos, ¡Que alguien se ha estado divirtiendo conmigo últimamente!

Yo me enojo con la cubana que ya me tiene loca con tanta burocracia, tramitología y sobre todo, tanta ineficiencia y estupidez. Por su puesto, el instinto asesino que llevo dentro, hace que me de ganas de agarrármela a golpes con saña, mucha saña, y mientras me explica la situación y los pasos a seguir, yo divago imaginando la golpiza que merece que le de. Por supuesto, eso no pasa porque tengo momentos de cordura, lucidez y reflexión, además concluyo que eso atrasaría mucho más tiempo mi cita. Pero tan pronto como salgo de su oficina profiero no un par, si no el repertorio completo de insultos que sé en español-y vaya que son bastantes-, los cuales, hasta el día de hoy, no encuentran día de expiración. La maldigo una y otra vez, aunque mi mamá siempre me ha prohibido maldecir. Y lo mejor-o peor- de todo, es que me vuelvo la niña mala que a veces suelo ser y disfruto imaginando las peores cosas que desearía que le pasen por alargar mi espera una vez más.

También me enojo con Dios, otra vez. Él y yo Somos como esos amigos que se pelean a cada rato. Le peleo como si, con los insultos a la cubana no me hubiera gastado la molestia; le reclamo enojada, alegándole que nunca escucha mis ruegos; le grito iracunda, sintiendo que fue una perdida de tiempo haber hecho oración; le lloro amargamente sintiendo que mi fe se desmorona, le lloro por la impotencia que me causa todo este asunto. Lloro mientras mis gatos me miran con extrañeza porque no están acostumbrados a verme así. Le pego a la puerta y luego al carro, aunque Larry me mire extrañado y no entienda porqué. Dios sí lo entiende y lo entiende bien, y sabe lo insolente que soy cuando me enojo. También sabe que digo muchas cosas que no es mi intención decir y aun así, las digo. Sabe que nada es en serio. También sabe que siempre, a pesar de todo, vuelvo a Él, que le soy fiel; por eso me perdona que sea tan atrevida y lenguaraz.

Entonces Dios, a lo alto, al notar que una de sus criaturas- esa que tanto lo molesta- difícilmente articula de tanto que se queja, mueve las manos sin cesar en señal de desaprobación y patalea como si le estuviera dando un ataque, tiene cierta duda al respecto y voltea a ver a su pequeño al cual encuentra muy entretenido. Él lo descubre todo. Por eso, el día que perdí la paciencia con la cubana, también me topé con un pedacito de cielo que se había desprendido y caído de ahí.

Fue el joven del alma noble quien lo rescató y lo trajo a mí. Podría apostar que Dios se lo pidió de favor, y bien seguro de que yo no diría que no, diseño el malévolo, que diga, el benévolo plan para hacer llegar a esa criatura hasta donde me encontraba yo. Estaba hambriento, por eso lloraba sin cesar, también temblaba y estornudaba en demasía. Tenía como mes y medio y a tan temprana edad, ya había sufrido maltrato infantil. Sí, la niña tonta que encontró a Sam (así lo bautizamos), lo había mantenido un par de días sin comer ni beber y lo lanzaba al aire como si fuera un juguete, por eso fue, que aquel del alma noble se lo quitó. En casos como este, es cuando estoy a favor de la violencia. Esa chamaca sí que se merecía una buena tunda o al menos, una decena de buenos coscorrones, bien dados.

Todo el enojo y la frustración de la mañana se desvanecieron en cuanto lo vi. Así que acepté al pequeño sin pensarlo dos veces, ¡cómo decirle no a ese pobre gatito sin hogar, después de escuchar su trágica historia!

¡Tramposo!-Articulo, ahora sí perfectamente, con la mirada a lo alto, como sabiendo de la trampa en la que acabo de caer. Pero sonrío como si no me importara nada, mientras alimento con un biberón que esta hecho a su medida, al pequeñito muerto de hambre que se encontraba envuelto en una toalla como si fuera un bebé. Dios bien sabe de mi debilidad y mi perdición por los animalitos, sobre todo si se encuentran indefensos y maltratados. Lo único que puedo hacer en esos casos, es rendirme ante ellos y ponerme a su merced. Y así lo hice.

Yo sé bien que no podré quedarme con el nuevo bebé, se le olvidó a Dios que ya tengo muchos gatitos. Pero así como se encontraba apacible y a medio dormir, y aun a sabiendas que no me entendía, yo lo abrazo fuertemente como si toda su vida hubiera estado aquí conmigo y le prometo en voz bajita, hallarle un nuevo hogar donde lo quieran y puedan hacerse cargo de él como se merece, como la criatura de Dios que es.

Creo que Dios a veces se divierte jugando conmigo, por eso cuando papá le descubre, hace cosas maravillosas para compensar sus descuidos…Por eso sigo sin tener mi cita de migración y un nuevo gatito ya se robó mi corazón.

LA ÉPOCA NAVIDEÑA

Adoro el mes de diciembre. Es un mes cargado de alegría, esperanza y sobre todo (a mi gusto) de una magia encantadora; uno puede respirarlas por doquier. Me da pena la gente que no disfruta la temporada navideña y la víspera del año nuevo ni siquiera un poquito de lo que la disfruto yo. Es una temporada en la que se le permite soñar y desear a todo el mundo, incluso a los adultos, sin reproche de ninguna clase.

Mi producción literaria se ve truncada y accidentada (Aunque la producción de afectos se multiplica), por visitas de familiares y amigos, y las distintas actividades, fiestas y reuniones que el mes trae consigo. Escritos inconclusos, ideas plasmadas con prisa en post-its amarillos fosforescentes y en la parte trasera de algunas notas, pensamientos y frases en el olvido porque no alcanzaron tocar el papel, son algunos de los estragos literarios. Eso me inquieta, pero no es algo que me quita el sueño. Me apasiona escribir pero si tengo que elegir, me prefiero ocupada y rodeada de la gente que quiero y que me quiere, antes que escritora.

Así que, mi decadencia como escritora y mi falta de productividad de esta época decembrina, se ve compensada con la emoción de reunirme con la familia, la real y la postiza, para compartir en las celebraciones; con el entretenimiento a la hora, no tanto de envolver, si no, de abrir regalos y descubrir lo dadivoso que es el gordito en este país; con la aventura de hornear galletas por primera vez y sentir como la casa se impregna de olor a canela y jengibre; con las salidas, agarrada de la mano mi hermanita, como cuando niñas, como si el tiempo no pasara a través de nosotras; con los paseos tomada de la mano de mi madre, como si los papeles se hubieran invertido y ahora yo fuera la que cuido de ella y no al revés, como para darme cuenta que el tiempo sí ha pasado, sobre todo, a través de ella; con la nostalgia al escuchar las voces de los que tengo lejos y la añoranza de saber pronto de aquellos a los que no escuché; y con el agradecimiento al escuchar la voz que tengo cerca, que me desea buenas noches antes de dormir.

Los Reyes Magos no llegan a este país, así que el maratón festivo Guadalupe-Reyes al que los mexicanos estamos acostumbrados, para mi se vio reducido considerablemente este año. No sé, si es acaso, porque los niños de este país no se portan tan bien después de todo, como para merecerse más regalos o, porque Santa Claus no dejo mucho que escoger en las tiendas a los Reyes Magos o, si es la diversidad religiosa de este país, lo que le ha restado importancia a esta tradición. La falta de celebración del Día de Reyes no fue motivo suficiente para que mi hermanita dejara de exigir su regalo antes de regresar a México. Al niño Dios le regalaron oro- Me sugirió. Bueno, mirra e incienso también. Te regalaré mirra antes de que te vayas, aunque puedo suponer que el incienso será mas fácil de conseguir- Le contesté y vi su cara de decepción.

Así que la ultima celebración finalizó con la cuenta regresiva para darle la bienvenida al año nuevo. Según la tradición como terminas el año viejo comienzas el nuevo. Aunque me levante en las vísperas de año nuevo con la garganta cerrada al punto que fueron necesarios antibióticos, no deje que la celebración se me aguara. No es necesario alcohol para divertirse, me dije, ya me encontraba lo suficientemente dopada. Así que deje la casa impecable deseando no tener mucha labor domestica que hacer el año entrante. Brinde con sidra sin alcohol de la que le repartieron a los niños y comí mis doce uvas. Al terminar la última de ellas, me di cuenta que no había pedido ni un solo deseo, solo las comí por comer.

El peregrinaje del treinta y uno igual se da aquí, así que después de la cena el plan era cambiarnos de fiesta en fiesta. Dicen (las malas lenguas) que encontrar direcciones en Miami es cosa sencilla. Yo he tenido malas experiencias con ese asunto y esta noche no fue la excepción. Tuve que estar mas de media hora perdida y deambulando por los alrededores para encontrar la casa a la que íbamos, pero eso no me quito los ánimos. La fiesta estuvo genial y de ahí nos brincamos a otra fiesta tan buena como la segunda.

Sin embargo, el remate de la noche no fue tan espectacular como lo esperaba. Me dio diarrea. Fue entonces cuando después del recuento de los daños empecé a preocuparme: Terminé el año enferma, perdida y con diarrea (me pensé ¿Empezare el año echando todo a perder?), sin duda un panorama poco alentador. Entonces, pedí un único deseo en lugar de los doce deseos de las uvas a los que renuncié: que la tradición no se hiciera realidad. Toque madera tres veces igual por si las dudas y esa noche me acorde de rezar…

Mi fin de año no fue el más envidiable, aun así, lo disfruté tanto como el resto de la temporada. Es una lástima para mí que tenga que acabar. Sobretodo, porque no quisiera tener que descolgar los adornos. Me gusta que todo brille, las luces de colores, las bolas de cristal, las imágenes de los diferentes animales polares- especialmente la del reno de la nariz singular-, el viejo panzón vestido de rojo y sus duendes con cara de idiota, y el ruido que provocan los cascabeles y campanas de las puertas cada vez que se abren y se cierran. Me gusta también la música navideña, por eso la escucho a todo volumen hasta el cansancio. Y que nada se diga del árbol navideño y su fresco olor. Adoro la época navideña.

Y definitivamente, me prefiero acompañada de la gente que adoro, no está a discusión, aunque me he dado cuenta- y diré con un poco de miedo a equivocarme- que la soledad es un mal necesario para todos, no solamente para mí y mi faceta de escritora. Creo que es el tiempo que tenemos para reconciliarnos con nosotros mismos, para hablarnos, para entendernos, para querernos. Por eso, es justo confesar que secreta y sigilosamente, he aprendido a disfrutar la soledad y sobretodo, sacarle provecho cuando me acompaña (No obstante, tampoco la añoro cuando no esta.) Tal vez esa es la razón por la cual en el primer día del año nuevo, no me siento mal estando sola. Nada de Home Sick, un amigo muy querido me pidió, y así será. Reconciliada con la soledad y a la expectativa de un mejor año, lo único que puedo pensar es darle un descanso a mi cuerpo para recuperarme pronto. También, prendo mi computadora para retomar mis escritos habituales, escritos que se encontraban sepultados sobre una capa gruesa de nieve que dejó la temporada con su paso sobre ellos…

JKO

LO HABITUAL

El departamento es pequeño y está todo a oscuras, no porque nos hayan cortado la luz, si no por la pereza que me impide pararme a prenderla. Me da comodidad estar así, me gustan las persianas abiertas, pero no me gusta que la gente vea por dentro. Me da miedo. Hay mucho maniático en esta ciudad cosmopolita. Hay mucho jovencito enojado con el mundo. Mucho drogadicto. Mucho de todo. Es una ciudad grande.

El frió de noviembre se deja sentir, por eso las ventanas están abiertas y el aire acondicionado apagado. A los gatos, les he roto sus tardes habituales y con esto, su tranquilidad. No reconocen sonidos de fuera, no están acostumbrados a ellos, por eso se asoman curiosos a las ventanas con mosquiteros, que no les permiten salir, pero si escuchar. Escuchar sonidos de a diario que ni yo misma reconozco.

Canciones sin voz, no del viento, si no del camión que pasa con altoparlantes y toca música como si fuera una caja musical gigante. Vende helados. Yo he visto a los niños salir corriendo de sus casas cuando pasa. Sonidos de una ambulancia, una patrulla, un camión de bomberos. Algo habrá pasado cerca. Hay mucha seguridad aquí. Los equipos de emergencia responden rápido. Los adolescentes escandalosos se bañan en la piscina a pesar de que ya no es hora permitida. Están locos, me pienso, pescarán una pulmonía. Pero a ellos parece no importarles el frió. Hacen lo que se les da la gana mientras sus papás no están. Así son los adolescentes. Esta ciudad es muy ruidosa.

La gente empieza a llegar de trabajar. Ya es hora, luce lo suficientemente oscuro. Los gatos se asustan con las voces y corren al cuarto como balas. Cuando escuchan silencio, atentos y a la expectativa, vuelven de nuevo a postrarse en el marco de la ventana, a observar lo que hay por fuera y oler todos los olores nuevos.

Ellos sienten el olor del frío (este será su primer invierno), yo el olor a comida. Es un olor que no emana de mi hogar, viene de fuera, alguien cocina algo sabroso para la cena. Huele bien. Olores diferentes, no huele a casa mexicana. Pudiera ser cubana, nicaragüense, boricua o del medio oriente, o quizá una combinación de los aromas mezclados. Eso me recuerda que no he cocinado el día de hoy. Hoy hasta la estufa esta apagada. No me provoca cocinar sólo para mí. Me gusta, cuando sé que tendré comensales. Tengo un centro comercial a lado con restaurantes de comida rápida, a saber, el del payaso con cara de malvado y el del perro chihuahua, entre otros. Pero, no me gusta comer ahí. Esos lugares ponen a la gente gorda, lo he visto. Las ensaladas del menú están de adorno, nadie las pide, y yo se porque, están muy malas. Me consta, las he probado.

El departamento es pequeño como los que están alrededor. El vecino de arriba ya me tiene hasta la coronilla. Yo lo escucho cuando sale a hablar en el balcón por su celular. No porque me importe, si no porque habla muy alto. Lo puedo oír incluso con las ventanas cerradas. Siempre está peleando en el teléfono y de repente baja la voz y habla bonito, pero aun así yo lo escucho. Cuando alguien llega, él cuelga y entonces, prende un cigarrito, a veces de tabaco, a veces de marihuana. Sé que fuma porque siento el olor y veo como caen sus cenizas como nieve sobre mi jardín. Me da ganas de mentarle la madre, pero no sé como hacer eso en inglés. Aún no aprendo muchos insultos en esa lengua. Es mejor así.

Yo aquí en el silencio que no es silencio, pienso en ti, pero no se lo digo a nadie, no porque lo quiera esconder, si no porque no estas para escucharlo. No hay nadie a quien decírselo, sólo a los gatos. Sin embargo, ellos están demasiado entretenidos con los ruidos y aromas que creen nuevos, pero que ciertamente, no lo son.

Entonces, cierro las ventanas y prendo la luz. También prendo la tele aunque no la estoy viendo. El teléfono suena, pero no contesto. Mi voz se escucha avisando que no estoy y pidiendo que dejen un mensaje, pero eso no sucede. Me cuelgan antes de que la grabación se termine. Seguro era un vendedor. Pásame la botella, voy a beber en nombre de ella, la chica que quiero para mi es traicionera…, mi celular canta indicando que recibí un mensaje. Ti tín, mi computadora me avisa amablemente que ya me conectó al “Messenger”. El teléfono vuelve a sonar y mi grabación se escucha otra vez. Pero esta vez no me cuelgan, una voz familiar pregunta por mí de manera cariñosa y entonces levanto el auricular. Preguntan si ya comí y digo que sí. Miento con descaro, no sé por qué. Cuando cuelgo, voy a al cocina y me sirvo cereal con leche, ese de chocolate del elefantito. Me gusta escuchar como cruje. Miro al sofá y veo a los tres gatos encima durmiendo. Entonces, me olvido de todo lo que pasaba afuera, y así, vuelvo a mi ruido habitual y les devuelvo a mis gatos su tranquilidad.

JKO

MIS GATOS

La gatita callejera se posó en mi jardín. Quizá por la sombra, quizá porque lo acababa de arreglar y de ponerle flores nuevas, quizá por ambos, no lo sé. El caso es, que se posó en la puerta de mi jardín, a contemplar la tarde, sin esperar ni pedir nada.

No le digan a la viejita Sara, pero la comida que olvide devolverle después de haber cuidado a su perra una semana, se lo di a la gata. Solo quería comprobar si estaba hambrienta. ¡Pobre flaquita! Sí lo estaba. Se comió el montoncito que le di. Pensé cuando se fue, que no la volvería a ver. Pero me equivoqué. Volvió al día siguiente y al día siguiente del día siguiente y así consecutivamente hasta que se acabo la comida de la perra de doña Sara. ¡Esperen! Eso, se escucho muy mal. Volvió consecutivamente hasta que se acabo la comida de Bety, la perrita de la Señora Sara.

La gatita empezó a venir todos los días a comer. Me parecía justo que me acompañara un rato, a cambio de un poco de comida, así que ahora sí, esta vez le compré alimento indicado para su especie: de gato. ¡Mira ya no esta tan flaquito el animalito! Comentaba animada al verla mas regordeta. Un par de meses después tuvo crías. Así fue como descubrimos que era gatita y no gatito. ¡Y que no estaba poniéndose gorda porque yo la alimentara bien, sino, porque estaba preñada! Así que dejo de ser Jack y empezó a llamarse Lisa. La idea de tener gatitos bebes a mi me encantó. Así que cuando nacieron, decidimos quedarnos con dos de ellos y dar los demás en adopción.

¡Mi gata no me quiere! Me quejo todos los días porque la trato de besar y no se deja. ¡Besuquéame mejor a mí! Me gritan desde el otro cuarto con tal de animarme. ¡Nooo! ¡Yo quiero besar a la gata! Respondo al tiempo que jaloneo al animal esquivo. A Violet no le gusta que la acaricie mucho y menos que la bese.

¡Violet no! ¡Violet bájate! ¡Violet deja! ¡Violet no muerdas eso! ¡Violet, mis zapatos nuevos! ¡Violet nooooo! ¡Chingadita salte de ahí! ¡Ve que hace tu gata! ¡Violet qué haces en la mesa! ¡Coooonio ve que hizo! ¡VIIIIOLET!... Violet me saca canas de colores al tiempo que destruye la casa a la que decidí llamarle hogar. ¡Pero que tierna y tranquilita luce cuando duerme sobre mi cama, la cual ocupó tan serena y placidamente, como si fuera suya! Nadie creería lo terrible que es.

Me sale un anuncio de error de Windows en la pantalla de mi lap top. Es culpa de Charly, que se ha venido a encaramar en ella y ha apretado los botones con las gomitas de sus patas. ¡Es un boludo! Bueno, al menos eso me deja ver. Así que lo digo, con toda la extensión que la palabra pueda tener y con todas sus acepciones Luego se sienta en el teclado, como si no le importara que lo estuviera yo usando. Le gustan las páginas coloridas y con movimiento. También le gusta perseguir el cursor de la pantalla. A veces, por maldad, me gusta marearlo moviendo el cursor rápidamente con el Mouse pero nunca logra atraparlo, pobrecito inocente. Se queda mirando la pantalla sin entender y cuando se cansa se echa junto de mí, o más bien, sobre mí.

A Charly le encanta que lo apapache y que lo quiera. Yo lo abrazo, lo beso y le hablo bonito, y entonces, prende su motorcito interno: brrrrr rrrrrrrrrrrrr brrrrrrr rrrrrrr brrrrrr. Le tiembla todo su pechito. Mi amiga la experta en gatos me dijo: ¡Jajaja! Eres una boba, de qué motorcito hablas, está ronroneando. ¿Ronroneando? ¡Mmmm! Yo prefiero decir que prende su motorcito. Y el gatito se estira, se acomoda y duerme placenteramente, sabiendo lo seguro que se encuentra aquí junto de mí.

La gatita se sigue posando en el jardín, quizá por la sombra, quizá por costumbre, quizá porque sabe que es su jardín. Pero ya no es callejera. Lo sabe porque ha aprendido lo que es dormir tranquila y ahora come mejor. Cuando se cansa de estar en la calle o empieza a llover, se posa en la puerta del jardín y no tiene que hacer, más que un par de maullidos para que yo la voltee a ver: ¿Mamita que haces ahí afuera? Le grito, al tiempo que le abro la puerta y la dejo pasar. Ella entra corriendo a su casa, como si siempre hubiera vivido aquí.

Nunca pensé que me gustarían tanto los gatos, especialmente porque antes los aborrecía. Sin duda alguna, mientras más trato al hombre-sobre todo si es algún burócrata del gobierno americano- más quiero a los animales. He descubierto que a veces pueden llegar a ser más nobles que el ser humano.

JKO

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